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domingo, 18 de enero de 2015

La tragedia de la Sauceda


El investigador ceutí Luis García Bravo, es uno de los pioneros en la investigación sobre la recuperación de la Memoria Histórica en nuestro país, y nos vuelve a sorprender con otro valioso y documental libro sobre la guerra civil. Luis es sobrino del historiador Juan Bravo, quien fuera director del Instituto de Estudios Ceutíes y toda una institución en la investigación arqueológica.
Nuestro paisano García Bravo, comenzó allá por 1997 a investigar la guerrilla antifranquista en la provincia de Cádiz, Serranía de Ronda y Campo de Gibraltar, lo que le ha llevado a conocer no solo a supervivientes guerrilleros, si no a sus familiares y a quienes les ayudaron.
El nuevo libro “Un valle de belleza y dolor. La tragedia de la Sauceda”. Es una obra, imprescindible para conocer la realidad de aquellos años, patrocinada por el Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar y la Asociación de Familiares de Represaliados por el Franquismo de la Sauceda y el Marrufo.
Esta obra es una visión personal sobre el proceso que culminó con la exhumación de 28 restos humanos de víctimas de la represión, fusiladas sin formación de causa a finales de 1936 en el cortijo del Marrufo, en el valle de la Sauceda, en la confluencia de las provincias de Cádiz y Málaga, cerca del término de Ubrique.
El historiador Alberto Ramos escribió sobre Luis García: “… Uno de lo pilares en la provincia para la consolidación de la Memoria Histórica sobre la represión franquista, mantuvo siempre una perseverancia a prueba de contrariedades e incomprensiones, para lograr que se investigara, primero, y se excavara finalmente, la fosa común que, era conocido, existía en La Sauceda. Allí, en el cortijo de El Marrufo, en el valle de La Sauceda, entrada natural desde la sierra de Cádiz hacia Málaga, se formó un frente de resistencia republicana, aplastado finalmente por varios bombardeos, a los que siguieron una enorme e inhumana represión.
Tras años de trabajo riguroso, honesto y fiel a las fuentes documentales y orales, el objetivo se logró cuando, en el verano de 2011, aparecieron los primeros restos humanos enterrados en la fosa común, cerca de un acebuche. Ahora, Luis ha cerrado parcialmente -nunca lo hará del todo- este capítulo de su vida que comenzó con su primera visita, hace ya muchos años, a La Sauceda, y lo ha hecho escribiendo un libro pleno de emotividad, en el que da cuenta de lo que ocurrió en el lugar. Un libro que, estoy convencido, le ha costado escribir, al tiempo que ha debido ser una liberación, un libro en el Luis cuenta desde la leyenda del zorro, hasta los trabajos de localización de la fosa de El Marrufo, pasando por la vida cotidiana del lugar, la represión y la presencia simbólica del acebuche. Ya puede decir Luis García Bravo, con legítimo orgullo, que cumplió su promesa personal, con las víctimas de la represión franquista en La Sauceda de hacer resplandecer “Verdad, Justicia y Reparación”.
Luis García Bravo, ha sido delegado de la asociación Archivo, Guerra y Exilio para la provincia de Cádiz y Málaga. Fundador y responsable de la Asociación Foro por la Memoria en Andalucía y en la provincia de Cádiz, y formó parte del Comité Técnico de la Junta de Andalucía para la Recuperación de la Memoria Histórica. Autor de artículos tanto sobre la Memoria Histórica como de investigación sobre la guerrilla antifranquista, ha intervenido en seminarios y conferencias por todo el país. Autor de libros como: Rescatar la Memoria y I Encuentro de Investigadores sobre la Memoria, Cuadernos de la Guerrilla Antifascista, Jimena de la Frontera (1939-1954), y este ultimo “Un valle de belleza y dolor, La tragedia de la Sauceda”.
También es de destacar su trabajo en los “Cuadernos de la guerrilla antifascista”, el plan general de esta obra consta de varios cuadernos. El primer volumen de esta serie estuvo dedicado a los guerrilleros que actuaron en la zona de Jimena de la Frontera. “Consideré que el primer libro debía ser el dedicado a la zona de Jimena por la proximidad con la fosa del Marrufo, también toca muy de cerca la actividad llevada a cabo por el que había sido alcalde pedaneo de Cortes de la Frontera. Pretendo que sea un libro de consulta pero también el reflejo de la vida de unas personas, los guerrilleros, que lucharon por unos ideales de libertad y cuyo único objetivo era derrocar al régimen franquista impuesto por la ley, se trató del último brazo armado de la República” destaca el autor.
Este trabajo, es el fruto de 14 años de investigación de Luís García Bravo que aún hoy en día continúa investigando para conocer la realidad de aquellos años, el contenido de esta obra es considerada fundamental e imprescindible para conocer las actividades y la lucha que desarrollaron los conocidos como “maquis” en la provincia de Cádiz. Se trata de rescatar la memoria de unos hechos, de las trayectorias personales de unos guerrilleros que no estaban olvidados, pero si apartados.     
MEMORIA OLVIDADA
Está ubicada geográficamente la Sauceda en la parte más occidental de la provincia de Málaga y limitando con la provincia de Cádiz. Pertenece al término municipal de Cortes de la Frontera, a caballo, por el término de Jerez de la Frontera y de Jimena de la Frontera, y asentada en la sierra del Aljibe, deslindando a un tiempo las cuencas hidrográficas de los ríos Guadalete, y Bárbate, rodeada por bosques de los llamados de galerías, donde están presentes los sauces, alcornoques, quejigos, brezos, acebuches, fresnos, lentiscos. El punto más alto, al cual se le conoce por «Pilita de la Reina», que según testigos de la época es la tumba medieval, a la que la historia dio algunas leyendas, como aquella de que fue utilizada por la reina Isabel de Castilla como baño. Así pues, todas estas condiciones unidas a su orografía hicieron que el valle de la Sauceda fuera una zona ideal para el asentamiento de batallones de los llamados desahuciados o bandoleros, quienes supieron aprovechar la incertidumbre política del momento. El origen de donde procede el nombre de la «Sauceda» es un tanto controvertido, pues mientras unos sostienen que es por la existencia de sauces en el valle, hay quienes sostienen que procede de la evolución de la palabra «desahuciados». Un autor como Juan Pino Palma, en su novela histórica “Nubes en el corazón”, consigue que el lector viaje por entre los paisajes y la historia de este valle tan especial.
GARCÍA BRAVO, ENTRE LAS HISTORIAS Y EL TERROR
Han sido muchos los años que el ceutí Luis García Bravo, ha dedicado a la investigación sobre la Memoria Histórica y las fosas comunes. En numerosas ocasiones visitó la fosa del cementerio de Santa Catalina en Ceuta, para recabar información y elaborar investigaciones sobre los represaliados en nuestra ciudad. Largas horas en archivos y entrevistas con familiares de los represaliados, fueron los llevados a cabo para realizar este testimonial libro sobre la represión en el Valle de la Sauceda.
En la presentación del libro dejó claro su planteamiento: “… Hacía algunos meses que se había exhumado la fosa del Marrufo y que también se había rehabilitado el Cementerio de la Sauceda. Los compañeros habían hecho un gran trabajo, del cual estaban merecidamente muy orgullosos, y yo en cierto modo me sentía muy feliz pues todo tal y como habíamos previsto que fuera se había cumplido; exhumaríamos la fosa, saldría a la luz la historia publicada y se trasladarían los restos a aquel pequeño cementerio blanco, ya dejado en el tiempo para que poco a poco se fuera derrumbando. Pero esto último no fue así y gracias al trabajo de los compañeros, vuelve a ser un cementerio renovado, donde han encontrado descanso los restos de aquellos hombres y mujeres que fueron asesinados y arrojados a una oscura fosa.
Todo cuanto ha rodeado al Valle de la Sauceda, la fosa en la finca del Marrufo, el fiel guardián el acebuche que nació y se crió justo al pie de la fosa y el ce¬menterio, me hacen sentir tal cúmulo de sensaciones que cuando pasan algunos meses, muy pocos, siento una necesidad imperiosa de visitar el valle y bajar por el nuevo camino hasta el cementerio, y desde la lejanía miro hacia el lugar donde estaba la fosa y veo a mi amigo el acebuche, que aún sigue allí guardando el lugar donde fueron asesinadas y enterradas las vidas de jó¬venes y menos jóvenes, vidas llenas de esperanzas, de ilusiones y de proyectos, que no verían más a sus hijos, maridos, esposas y demás familiares.
Cuando voy bajando hacia el cementerio y veo lo bien que ha quedado todo, siempre recuerdo cuando hace muchos años bajé por primera vez y me dije a mí mismo que ese sería el lugar donde si alguna vez se exhumaba la fosa deberían estar los restos, y me siento feliz pues gracias a todos mis compañeros se ha conseguido. Al llegar cerca de la puerta miro siempre hacia los árboles que hay a la parte derecha.
En ese lugar era donde los compañeros que trabajaron en la rehabilitación del cementerio se sentaban a comer, y aunque yo no tuve la suerte de verlo me contaron una anécdota muy curiosa. Al empezar éstos a comer aparecía un zorro, el cual no tenía miedo alguno a los humanos y se colocaba cerca de quienes estaban comiendo para que éstos le dieran comida hasta tal punto que incluso se pudo fotografiar; el animal después desaparecía y no volvía hasta que de nuevo se sentaban a comer. Yo siempre miro por si algún día tengo la suerte de verlo, pues cuando voy al cementerio tengo la sensación de que aunque no lo puedo ver él está por los alrededores quizás vigilando…”, manifestó en la presentación de su última obra.
Hasta los pájaros callaron…
En el libro “Un valle de belleza y dolor. La tragedia de la Sauceda”, dejó escrito García Bravo: “… Fueron aquellos meses de noviembre de 1936 a finales de febrero de 1937 los que harán que aquel valle de luz y belleza se convirtiera en un lugar de oscuridad, tristeza y mucho dolor. Tras los incansables bombardeos de los aviones rebeldes que destruirían para siempre aquellas casas hechas con mucho sudor, de muros de piedra y techos de brezos, los molinos, la ermita y todo cuanto fue la aldea de la sauceda, dando lugar a que familias enteras huyeran despavoridas sin saber a dónde ir o dónde ocultarse, cada familia padeció la tragedia y el dolor que duraría tres largos años de guerra y una larga posguerra, con el sabor del miedo y el silencio obligado.
Todo quedó arrasado; ya no se escuchaba ni tan siquiera el graznido de las águilas y hasta los pájaros callaron, los arroyos enmudecieron; solo el frío viento de invierno y el miedo estaban presentes en aquella tragedia de horror y muerte que envolvió a todo el valle de la sauceda. Solo quedó la presencia oscura de muerte, de fusiles, bombas, voces de mando y miedo, mucho miedo, que, al llegar las atardecidas de noviembre a febrero, solo eran interrumpidas por lamentos, gritos desgarradores y el sonar de disparos, que provenían del cortijo del Marrufo, allí donde eran pasados por las armas, sin juicio, hombres y mujeres, vilmente asesinados. Así quedaban grabados para siempre en el silencio del valle sus gritos y lágrimas.
Aquel lugar, «El Cortijo del Marrufo», el que no hacía mucho tiempo dio trabajo a los vecinos del valle, y donde se celebraron bodas alegres y festivas, pasó desde primero del mes de noviembre hasta finales de febrero de 1937 a convertirse en un lugar de hacinamiento masivo, de terror y de muerte, al cual iban llegando detenidos hombres y mujeres, incluso niños, vecinos de todos los pueblos de los alrededores.
Se convirtió el lugar en un destacamento al mando de quien había dirigido una de las columnas rebeldes que ocuparon la zona, el teniente de la Guardia Civil y jefe de la línea de Ubrique, José Robles Ales. Conforme iban llegando las familias, hombres y mujeres, al Marrufo, a los hombres se les encerraba en los pabellones anexos al cortijo y a las mujeres y los niños en la ermita del mismo cortijo. A las mujeres se las torturaba con la intención de sacarles información sobre sus familiares que consiguieron huir. Muchas de esas mujeres serían fusiladas y arrojadas a las fosas comunes”.

martes, 3 de junio de 2014

Memoria de la Resistencia española en la Alta Saboya

POEMA DE VALENTE EN EL MEMORIAL DE ANNECY 

Por Claudio Rodríguez Fer*

 Animado por su proximidad a Ginebra, donde comenzó a vivir en 1958, el poeta gallego José Ángel Valente hizo excursiones por la Alta Saboya francesa desde mucho antes de establecerse en el municipio saboyano de Collonges-sous-Salève en 1975. Una de las más tempranas, realizada a los pocos meses de llegar guiado por el antiguo maquis español Alejandro Sancho Riera, fue la que lo llevó al cementerio de Morette, situado en el Plateau des Glières, y tuvo una importante consecuencia poética, pues inspiró la composición “Cementerio de Morette-Glières, 1944”, que publicaría en el libro Poemas a Lázaro ya en 1960.
En efecto, en la carretera entre Annecy y Thônes, Valente visitó el cementerio de Morette, donde habían sido enterrados combatientes de la resistencia contra la ocupación nazi caídos durante la Segunda Guerra Mundial, cuyos cadáveres se hallaban antes dispersos en diferentes cementerios de la región de Glières[1]. Y en él encontró la lápida con los nombres de diversos resistentes españoles, abatidos durante los durísimos enfrentamientos con el ejército alemán de 1944, cuyos nombres y procedencias anotó con emoción.
Miguel Vera, Claudio Rodríguez Fer y, hablando, el General Bachelet
Así nació el poema “Cementerio de Morette-Glières, 1944”, que comienza por evocar el sacrificio de los antifascistas españoles, quienes, refugiados en Francia tras su derrota en la guerra civil, se sumaron a la Resistencia y a los aliados para combatir a la invasión alemana en una tierra que ni siquiera era la suya. No luchaban pues, como podrían hacerlo sus camaradas franceses, por defender sus propios intereses y afectos directos, sino por la generosa causa universal de la justicia y de la libertad:

No reivindicaron
más privilegio que el de morir
para que el aire fuese
más libre en las alturas
y los hombres más libres.
          Ahora yacen,
con su nombre o anónimos,
al pie de Glières y ante la roca pura
que presenció su sacrificio.
          Hombres
de España entre los muertos
de la Alta Saboya:
ellos lucharon por su luz visible,
su solar o sus hijos, mas vosotros
sólo por la esperanza.

Claudio Rodríguez Fer tras el poema de Valente
La concentración de resistentes que tuvo lugar en la meseta de Glières en enero de 1944 por convocatoria de los aliados británicos llegó a constar de cientos de combatientes, algunas decenas de los cuales eran españoles. Los concentrados resistieron a duras penas las condiciones climáticas y estratégicas el resto del invierno, pero el 26 de marzo tuvieron que retirarse tras caer muchos de ellos muertos o prisioneros (frecuentemente asesinados con posterioridad)[2], como evoca Valente:

La nieve aún dura prodigiosamente
viva en el aire mismo
donde morir fue un puro
acto de fe o de supervivencia.
¿Quién podría decir que murieron en vano?

Pero el poeta no se contenta con la evocación abstracta y menciona uno a uno los topónimos y los antropónimos españoles registrados en Morette, metonimia de los cientos de miles de casos similares ocasionados por el exilio, haciendo suya y de todos para siempre la memoria antifascista allí enterrada y olvidada en la propia España:
Al cielo roto y a la tierra vacía,
a los pueblos de España,
a Hervás, a Mula, a todas
las islas Baleares,
a Mendavia, Viñuelas,
Ambrán, La Almunia,
Terrecampe, Tembleque,
devuelvo el nombre de sus hijos:
           Félix
Belloso Colmenar, Patricio
Roda, Gabriel Reynes o Gaby, Victoriano
Ursúa, Pablo Hernández,
Avelino Escudero,
Paulino Fontava, Florián Andújar,
Manuel Corps Moraleda.

Otros duermen tal vez
bajo una cruz desnuda, lejos
de su país, de su memoria, donde
todos los muertos son
un solo cuerpo ardiente:
carne nuestra, palabra,
historia nuestra que no conocimos,
sangre sonora de la libertad.

Además, gracias a este poema, publicado desde entonces muchas veces y con el tiempo reproducido en Internet, algunos familiares de estos antifascistas muertos descubrieron la peripecia y el paradero de algún pariente décadas después de su desaparición en el exilio francés. Tal fue el caso, por ejemplo, del joven toledano Avelino Escudero Peinado[3], natural de La Torre de Esteban Hambrán, cuya familia se enteró de su muerte y del paradero de su cadáver a través de este poema muchos años después de que se perdiera su rastro tras la retirada. Además, aseguró la identificación el hecho de que Valente aportase en su poema la procedencia geográfica de los milicianos en correlación con sus nombres, todos correspondientes a ejecutados entre abril y marzo de 1944[4].
El 27 de mayo de 2014, aniversario de la creación del “Comité National de la Résistance” por Jean Moulin, se instaló ante el monumento "Aux Espagnols morts pour la Liberté dans les rangs de l’Armée Française et dans la Résistance” que se encuentra en la Avenue de Genève de Annecy, una placa con la traducción al francés del poema de Valente, efectuada por su traductor habitual Jacques Ancet y acompañada por documentación histórica y fotográfica. En el pedestal del monumento, debido al escultor anarquista zamorano Baltasar Lobo, exiliado en Francia tras la guerra civil, se puede leer una frase del Quijote de Cervantes según la cual por la libertad “se puede y se debe arriesgar la vida”.
La instalación fue promovida y presentada por la activa Amical de la Resistencia Española de Annecy, que preside Miguel Vera Platero, uno de los cuatro hijos allí presentes del histórico comandante Miguel Vera, quien durante la Segunda Guerra Mundial coordinó las fuerzas resistentes en la zona y participó en la liberación de la ciudad.
Tras Miguel Vera, intervinimos el citado Jacques Ancet y yo mismo, leyendo el poema de Valente en francés y en español, respectivamente. A continuación habló el General Bachelet, quien elogió la ejemplar fraternidad de los que dieron la vida en tierra ajena por construir juntos la verdadera Europa, sin distinción de razas, nacionalidades, lenguas o credos, basándose tan solo en los principios de la igualdad y de la libertad contra la intolerancia genocida del III Reich alemán y sus aliados.
Se realizó también una múltiple ofrenda floral de las instituciones y asociaciones allí presentes, cuyos representantes depositaron las flores en compañía de numerosos escolares asistentes a la ceremonia. Así mismo, una banda de música realzó la no siempre contenida emoción del acto interpretando piezas como el himno de la Resistencia y “La Marsellesa”.
“¿Quién podría decir que murieron en vano?”, escribió Valente en relación con esta “historia nuestra que no conocimos”. Gracias a la poesía de Valente y a iniciativas como esta de la Amical de la Resistencia Española en Annecy no se olvidará esta impresionante lección de historia solidaria allí y comenzará a conocerse más aquí.

Inauguración de la placa en Annecy 2014

* Poeta gallego y director de la Cátedra José Ángel Valente de Poesía y Estética de la Universidad de Santiago de Compostela, así como presidente de la Asociación para la Dignificación de las Victimas del Fascismo en Galicia y presidente de honra de la Asociación Memoria del Exilio en Brest, que agrupa a descendientes de exiliados españoles en Bretaña.




[1] Según el historiador Manuel Tuñón de Lara, los españoles se sumaron al maquis de inmediato: “Antes de que terminase el año 1940 se constituyeron los primeros grupos de resistencia específicamente españoles en el departamento de Alta Saboya” (“Los españoles en la II guerra mundial y su participación en la resistencia francesa”, en José Luis Abellán, El exilio español de 1939, vol. 2, Guerra y política, Madrid, Taurus Ediciones, 1976, p. 29). Y añade “En la Alta Saboya es donde había maquis españoles en el sentido específico y original del término, es decir, destacamentos militares organizados en campamentos permanentes a favor de las circunstancias geográficas (bosque y montaña o ambas a la vez)” (p. 41). Con posterioridad se ocuparon monográficamente del tema diversos autores franceses, cuya bibliografía fue relacionada por Véronique Olivares Salou y Michel Reynaud en Le roman des Glières. La résistance des républicains espagnols au plateau des Glières. Les maquis espagnols en Haute-Savoie, 1941-1944, París, Éditions Tirésias, 2007.
[2] El mismo historiador citado realiza este balance: “Los resistentes tuvieron 175 muertos y 46 prisioneros, la mayor parte de los cuales fueron asesinados. Ocho españoles quedaron muertos en el campo de batalla y seis fueron hechos prisioneros, de los cuales sólo escapó uno con vida, Rubiño, que logró escaparse en Annecy. Los restantes españoles formaron nuevos grupos que siguieron combatiendo hasta la liberación de aquella región” (p. 47).
[3] Avelino Escudero Peinado, a quien por entonces el franquismo ya había fusilado a un hermano y encarcelado a otro, fue apresado junto a Paulino Fontova Casas, de La Almunia (Zaragoza), también mencionado en el poema de Valente, y ambos guerrilleros fueron asesinados por los milicianos colaboracionistas de Vichy en marzo de 1944, respectivamente el 29 y el 27 de marzo, cuando el primero contaba 25 años y el segundo 41. (Fontova aparece mencionado en alguna placa conmemorativa francesa como Fontoba, así como en Le roman des Glières, donde figura como natural de Tarragona.)
[4] Félix Belloso Colmenar, de Hervás (Cáceres), fue liquidado a los 37 años el día 29 de marzo; Patricio Roda López, de Mula (Murcia), a los 40 años, el 30 de marzo; Gabriel Reynes, de Sóller (Mallorca), a los 33, el 6 de abril; Victoriano Ursúa Salcedo, de Mendavia (Navarra), a los 30 años, el 31 de marzo; Pablo Hernández (Fernández en las placas y libro citados) González, de La Almunia (Guadalajara), a los 31 años, el 31 de marzo; Florián Andújar García, supuestamente de una localidad llamada Terrecampe, el 27 de marzo; Manuel Corps Moraleda, de Tembleque (Toledo), con 29 años, el 27 de marzo...

sábado, 21 de diciembre de 2013

"Visiones de terror", por Miguel Barragán Criado

Miguel Barragán Criado nació el 29 de septiembre de 1905 en Aguilar de la Frontera (Córdoba). Obrero metalúrgico, al finalizar la guerra se marchó a Francia. Detenido en el stalags o prisión XI-A (Altengrabow), fue deportado al campo de concentración de Mauthausen-Gusen (Austria) el 3 de noviembre de 1941, ingresando con el número 3.184. El 8 de noviembre de 1942 fue trasladado al campo de Dachau, siendo liberado por los aliados en 1945. Debido a la pervivencia del franquismo en España se quedó a vivir en Marsella (Francia). Al cabo de los años regresó a Barcelona, donde ya había estado en su juventud,  viviendo con sus hermanos Pablo y Nati en la calle Aldana. Formó parte de la Asociación Amical Mauthaussen y volvió a visitar un par de veces los campos de concentración en los que estuvo confinado. Murió en los años 90.

De su etapa en Francia, tras la liberación de Dachau, nos ha quedado un poema dedicado a Joaquim Avenoza, muerto en el kommando Steyr, con el título "Visiones de terror". Hoy le publicamos gracias a la amabilidad mostrada por José Manuel González Toll, en memoria de su tío-abuelo Miguel Barragán. 



lunes, 7 de octubre de 2013

ARTURO TORRES BARRANCO. Memoria de una búsqueda

Araceli Pena, María Torres y Remedios Palomo

MESA DE MUJERES. SECRETARIA DE DESAPARECIDOS DE LA GAVILLA VERDE
XIV JORNADAS EL MAQUIS EN SANTA CRUZ DE MOYA
5 de Octubre de 2013
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ARTURO TORRES BARRANCO. Memoria de una búsqueda. 
Cuando leí las palabras de Kafka que presiden este texto
(¿Qué llevo sobre los hombros? ¿Qué fantasmas me envuelven como una capa?)
entendí de qué se trataba, qué impulsos profundos me empujaban
a abordar unas cuestiones de las que nada sabía"
José Andrés Rojo
"Vicente Rojo. Retrato de un general republicano"
Lo que puedo contaros es todo lo que sé desde el dolor, y eso nunca se inventa… (...)
Partí de cero y he conseguido recuperar una parte importante de la Memoria de mi abuelo.  Contar con la certeza de que como tantos otros fue humillado y torturado en las cárceles franquistas, que convivió con el hambre y el terror de una represión institucionalizada, que cuando pudo salir de aquel infierno, era un ser derrotado, agarrado a un bastón, un vencido que guardó silencio durante toda su vida, no es suficiente


Leer más:


jueves, 21 de marzo de 2013

7 de noviembre de 1936: La defensa de Madrid.

Texto para un recorrido por la Dehesa de la Villa (Madrid).
Daniel Morcillo Álvarez, arquitecto
Antonio Ortiz Mateos, historiador

La derrota de la revolución de octubre, especialmente sangrienta en los casos de Asturias y Cataluña, dejaron una profunda huella en las políticas de izquier­da, extendiéndose la idea de que la recuperación del poder era inviable si no se llegaba a un acuerdo electoral entre el republicanismo de izquierda y el so­cialismo, cuya ausencia había sido la causa de la derrota electoral de 1933. En la primavera de 1935, los requerimientos de los republicanos para la creación de una coalición electoral, encontraron una respuesta favorable en el sector del socialismo que lideraba Prieto. Finalmente, como señala Julio Aróstegui, ante la creciente influencia de la CEDA, con las cárceles llenas de detenidos por la represión y miles de cargos municipales y empleados públicos expulsa­dos de sus funciones, las reticencias de la izquierda socialista acabaron ce­diendo. En este panorama, irrumpiría el Partido Comunista con su estrategia de Frente Popular antifascista, ya ensayada en Francia como producto de la nueva posición de la Internacional en su VII Congreso.

A finales de diciembre de 1935, ante la disolución del Parlamento y la convo­catoria de elecciones, las fuerzas que habrían de cerrar el pacto se decidieron definitivamente por él. Los dos grandes partidos republicanos, Izquierda Repu­blicana y Unión Republicana estarían representados por sus líderes, Azaña y Martínez Barrio. El PSOE y la UGT serían el otro polo, representando sus ne­gociadores al PCE, el POUM, el Partido Sindicalista y a las Juventudes Socia­listas. Los anarquistas quedaron excluidos pero no mostrarían una oposición frontal a la coalición.

El pacto electoral de las izquierdas quedó reflejado en el Manifiesto publicado el 15 de enero de 1936. Se estructuraba en ocho grandes bloques, siendo sus puntos fundamentales la continuación de la reforma agraria, la amnistía para todos los delitos políticos y sociales, la insistencia en las reformas ya ensaya­das cuatros años antes en la enseñanza, la reforma fiscal, y las nuevas leyes de arrendamientos. “En el camino quedaron nacionalizaciones –de la tierra y de la banca-, desmilitarización de las fuerzas del orden público, control obrero en la industria, etc., y cualquier tipo de socialización”. (ARÓSTEGUI, J. 2006, 120).

El 16 de febrero de 1936, el Frente Popular obtenía en las elecciones el 34% de los votos, la derecha el 33% y el centro un 5%. Pese a la escasa diferencia en votos, la asignación de escaños en función de la ley electoral resultó clara­mente favorable a las fuerzas de izquierda, obteniendo 278 diputados, 124 la derecha y 51 el centro.

Nada más conocerse los resultados comenzarían las maniobras conspirativas para derribar el gobierno de la República, apareciendo siempre los nombres de algunos destacados personajes: Gil Robles, Calvo Sotelo, Primo de Rivera, junto a los de militares como Franco, Goded, Fanjul... 

“Las dudas que en febrero de 1936 pudiesen haber mostrado determina­dos altos mandos militares, los accidentalistas políticos de la CEDA, los monárquicos o los fascistas, serían pronto definitivamente superadas para apelar resueltamente a la vía insurreccional centrada en el Ejército que figuraría como eje de todo este gran movimiento” (ARÓSTEGUI, J., 2006, 129).  

El gobierno de la República conoce la noticia del alzamiento en la misma tarde del 17 de julio, cuando a las cinco de la tarde Casares Quiroga fue informado mientras presidía el Consejo de Ministros. Casares intenta calmar los ánimos haciendo saber que el movimiento se circunscribía al protectorado y que nadie de la península se había sumado a él. Al día siguiente presentó su dimisión. Entonces Azaña pidió a Martínez Barrios que formase un gabinete de coalición capaz de negociar con los sublevados: tras hablar con Mola llegará a la con­clusión que ya no era tiempo de pactos. El día 19, Martínez Barrios, contrario a la entrega de armas, tal y como reclamaban las organizaciones obreras, aban­dona los intentos de formar gobierno, encargando Azaña a José Giral su for­mación, con una diferencia notable: la entrega de armas a los sindicatos y a los partidos democráticos y obreros.

Cuando apenas esa orden está siendo cumplimentada, el general Fanjul, que dirige la sublevación en Madrid, se instala en el cuartel de la Montaña, que ya está en rebeldía, como los cuarteles de Carabanchel, Getafe y el Pardo. La Guardia de Asalto y la Guardia Civil continúan fieles al Gobierno.

Paralelamente, desde el Ministerio de la Guerra, algunos miembro de la U.M.R.A. (Unión Militar Republicana Antifascista), con el teniente coronel Hernández Saravia a la cabeza, organizan cinco batallones de voluntarios al man­do de los tenientes coroneles Mangada, Marina y Lacalle y los comandantes Sánchez Aparicio y Fernández Navarro. El 5º Batallón tenía como zona de re­clutamiento la barriada de Cuatro Caminos, tomando como base las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas), dirigidas por Juan Modesto. Tras participar en la toma del Cuartel de la Montaña, el día 21, al volver a Cua­tro Caminos ocupan el convento de los Salesianos de la calle de Francos Ro­dríguez, el cual se encontraba abandonado, estableciendo allí el cuartel del Batallón. Pronto se convertiría en uno de los principales centros de alistamien­to e instrucción: el 5º Regimiento de Milicias Populares. La instrucción de los milicianos se llevaba a cabo en el patio del convento, a cargo del capitán Bel­trán y el militar portugués Oliveira, exiliado en España, trasladándose poco tiempo después a la Dehesa de la Villa ante la necesidad de un espacio mayor (BLANCO, J. A., 1993, 36-37).

Tras aplastar a los rebeldes en Madrid, se organizaron varias columnas de milicianos que se dirigieron a la Sierra para combatir a las tropas de Mola que por el Norte trataban de cruzar la sierra de Guadarrama.

Uno de aquellos voluntarios fue Manuel González Bastante, estudiante en el Colegio de Huérfanos Ferroviarios. Afiliado a las Juventudes Socialistas, al estallar la guerra se incorporó a las Milicias Ferroviarias, dirigidas por Narciso Julián. Cuando no estaban de servicio iban a tomar café al Negresco y el ver­mouth al Acuarium, o al cine, regresando a la unidad cuando tenían asignada alguna tarea. Más tarde pasaría a formar parte del Batallón de Choque Ferro­viario, operando en una serie de pueblos de la sierra hasta el 6 de noviembre, fecha en la que su unidad regresó a Madrid.

También tomaría parte como voluntario Domingo Malagón, junto a un numero­so grupo de alumnos de La Paloma. Algunos compañeros se alistaron con los anarquistas en el Cine Europa de Bravo Murillo, si bien la mayoría decidió in­corporarse al 5º Regimiento, donde se estaban formando las Compañías de Acero. “Todas las mañanas nos juntábamos un buen puñado de voluntarios para hacer la instrucción”. Un día de septiembre entraban en formación en el 5º Regimiento, avanzando por Francos Rodríguez con los monos azules de los talleres de La Paloma. La gente aplaudía a su paso. “¡Son los chicos de La Paloma!”. Algunos no tenían más de 15 años pero todos querían aparentar más de 17, la edad mínima exigida para ser admitido. “El patio de los Salesianos hervía de actividad: gente hacien­do instrucción, voluntarios preparando su inmi­nente salida, nervios, voces que se amontona­ban unas sobre otras hasta convertirse en un estruendoso rumor, y nosotros allí en medio, con las mantas enrolladas al estilo milicia­no” (ASENJO, M y RAMOS, V., 1999, 45-49). Poco tiempo después les adjudicaron un antifas­cista italiano con grado de capitán, Muriconi Pro­li, enviándoles a combatir a la sierra, en la zona de Peguerinos: la 8ª Compañía de Acero. El 4 de noviembre, ante el peligro que se cernía sobre Madrid, “los palomos” fueron desplazados desde la sierra a las inmediaciones de la capital, en Aravaca.


A finales de agosto del 36, el ejército rebelde del norte renunciaba, ante la re­sistencia encontrada, a proseguir su ataque, quedando la línea de defensa casi definitivamente estabilizada en la divisoria del Guadarrama, con pequeñas variantes hacia el norte o el sur, que apenas se movieron durante el resto de la guerra. Mola perdió con ello su gran aspiración de entrar en Madrid –su primer anuncio fue que lo haría el 25 de julio- lo cual dejó en un lugar destacado al general Franco.

El 1 de agosto Franco ordenó desde Marruecos la puesta en marcha hacia Madrid del ejército expedicionario, partiendo desde Sevilla las columnas de Tella, Asensio y Castejón, cuyo mando superior asumiría finalmente Yagüe. El 11 de agosto entraron en Mérida y dos días más tarde pusieron cerco a Bada­joz, encontrando una tenaz resistencia de los milicianos. La represión fue terrible. A este respecto, Tuñón de Lara recoge la respuesta dada por Yagüe a la pregunta de un periodista, Whitaker: “¿Qué creía usted? ¿Que iba a llevar 4000 prisioneros rojos en mi columna, teniendo que avanzar contra el reloj? ¿O que iba a dejarlos en la retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez?”. (TUÑÓN DE LARA, Manuel, 1999, 597).


Rota la resistencia de Badajoz, la ofensiva de Yagüe apuntaba hacia Madrid, ocupando antes el valle del Tajo: el 3 de septiembre caía Talavera de la Reina, sin que las milicias formadas en Madrid pudieran hacer nada por impedirlo. Tal hecho provocaría la caída del gobierno Giral y la formación de un nuevo gabi­nete, presidido por Largo Caballero, con representación de los partidos del Frente Popular: seis socialistas, dos comunistas –Vicente Uribe, Agricultura, y Jesús Hernández, Instrucción Pública-, dos de Izquierda Republicana, uno de Unión Republicana, uno de Esquerra y un nacionalista vasco. Con los anarco­sindicalistas empezó una laboriosa negociación, que terminaría con la entrada de cuatro de ellos a comienzos de noviembre.

El nuevo Gobierno tenía como principales objetivos, según señala Tuñón de Lara, reconstruir las formas jurídico-legales del Estado, controlar todos los aparatos existentes y dispersos, suprimiendo el cantonalismo de los primeros momentos y, sobre todo, militarizar las milicias y transformarlas en ejército con un mando único, y controlar los órganos de Seguridad. En ocho meses alcan­zó esos objetivos –menos el último-, “pero tuvo que hacer frente a otros mu­chos problemas: el primero y principal era salvar a Madrid del peligro inminen­te que corría de caer en poder de las tropas de Franco” (TUÑÓN DE LARA, Manuel, 1999, 599).

Dado el carácter que había tomado la guerra, cada día se hacía más urgente ir a la organización de un ejército de tipo regular, formado sobre la base de las milicias. En ese orden ocurrieron dos hechos de singular importancia: el prime­ro fue la militarización “oficial” de las milicias voluntarias y la formación de las seis primeras brigadas regulares, con las que nacía, en el frente de Madrid, el ejército popular de la República. El segundo, la creación del Comisariado de Guerra.

Antes de comenzar el asalto a Madrid, Franco se planteó liberar a los sitiados del Alcázar, para lo que hizo avanzar las tropas coloniales, a las órdenes de Yagüe, sobre Toledo. El 19 de octubre Franco dictaba la orden de operaciones que dio comienzo a la batalla de Madrid. A partir de ese momento la guerra de movimiento se convertirá en guerra de posiciones.

Coincidiendo con el avance de las tropas franquistas sobre Madrid comenza­ron los bombardeos, actuando con especial dureza sobre las barriadas de Cuatro Caminos y Tetuán. Del 23 al 30 de octubre aumentó el ritmo de los bombardeos por parte de los Junker 52 alemanes. La llegada de los aviones soviéticos Polikarpov I-15 e I-16, conocidos popularmente como “Chatos y “Moscas”, contrarrestó el dominio aéreo de los rebeldes, inclinando la balanza, al menos momentáneamente, hacia el lado republicano. En cuanto sonaban las alarmas advirtiendo de la llegada de los temibles Junkers, a los que los madrileños bautizaron con el nombre de pavas, la gente salía corriendo de sus casas o abandonaba las calles refugiándose en la boca del Metro más cerca­na, convertido en improvisado refugio.

  

Dada la situación, el 30 de octubre se inicia la evacuación de niños, mujeres y ancianos madrileños hacia Levante. El 19 de noviembre, el periódico Claridad daba cuenta del anuncio hecho público por la Alcaldía, por el que comunicaba “que los ancianos del Colegio de La Paloma, según informaciones transmitidas por el director del Colegio, señor Charentón, han llegado bien a Cataluña y se hallan perfectamente instalados en Villafranca de Panadés”. Asimismo informó que Charentón se había trasladado de Villafranca a Barcelona “para ver el me­dio de que los chicos mayores de La Paloma se les emplee en trabajos útiles y no permanezcan ociosos”. La generosidad y cariño que mostraron con ellos motivó que el de Madrid, en sesión celebrada el 5 de febrero de 1937, acorda­ra expresar su gratitud al de Barcelona. Como se encargó de señalar el alcalde accidental madrileño, don Cayetano Redondo Aceña, al inicio de la sesión:

“…aquel Ayuntamiento les atiende como a hijos predilectos, los provee de ropa nueva y procura que asistan a festivales, excursiones, concier­tos, etc. Nos han remitido los “menús” de las comidas que se les sirven y las impresiones que los propios niños redactan de los actos a los cua­les son invitados. Junto a la escuela funciona un taller de aprendizaje, donde los niños dan expansión a todas sus actividades e inquietudes.”
El 4 de noviembre, dado el peligro que se cernía sobre Madrid, Largo Caballe­ro daba entrada en el Gobierno a cuatro representantes de la CNT, quedando constituido por: Francisco Largo Caballero (PSOEI, Presidencia y Guerra; Julio Álvarez del Vayo (PSOE), Estado; Indalecio Prieto (OSIE), Marina y Aire; Juan Negrín (PSOE), Hacienda; Juan García Oliver (CNT), Justicia; Jesús Hernández (PCE), Instrucción Pública; Ángel Galarza (PSOE), Gobernación; Vicente Uribe (PCE), Agricultura; Anastasio de Gracia (PSOE), Trabajo; Julio Just (IR), Obras Públicas; Bernardo Giner de los Ríos (UR), Comunicaciones; Juan Peiró (CNT), Industria; Juan López Sánchez (CNT), Comercio; Federica Montseny (CNT), Sanidad; Carlos Esplá (IR), Propaganda y José Giral (IR), Manuel Itujo (PNV) y Jaime Ayguadé (ER), Ministros sin cartera.
Bautizado por la propaganda oficial como el “gobierno de la victoria”, el ejecuti­vo respondía al afán de dar cabida a todas las fuerzas políticas y sindicales del bando republicano y de conseguir así una representatividad que se considera­ba muy necesaria en aquellas circunstancias. En el consejo de ministros cele­brado al día siguiente, Largo Caballero planteó la necesidad de abandonar la capital. Los ministros anarquistas y comunistas se opusieron inicialmente, con­venciéndoles Largo Caballero del grave riesgo que corrían todos ellos de caer en poder del enemigo, cuya entrada en Madrid, dentro y fuera de España, se daba por descontada. Solidaridad Obrera, órgano de la CNT, se ajustó al argu­mento inicial: desde Valencia, el Gobierno podría dirigir la lucha con mayor libertad.
Cuando el 6 de noviembre acamparon frente a la ciudad las tropas rebeldes -formadas por las unidades de choque mercenarias de la Legión y los Regulares marroquíes-, apoyadas por la aviación italiana y las primeras unidades alemanas de la Legión Cóndor, nadie apostaba porque la resistencia funcionara. Aquel mismo día el gobierno abandonaba Madrid y se instalaba en Valencia, dejando al general Miaja la defensa y el encargo de formar una junta con delegados de partidos y sindicatos. La marcha fue tan acelerada que se colocaron en sobres equivocados las instrucciones dirigidas a los generales Pozas y Miaja, que quedaban a cargo de la situación. “Se produce entonces un doble hecho, la reacción popular de defensa y la reacción militar de organi­zación” (TUÑÓN DE LARA, M. 1999, 601).[1]
Sin pensarlo más tiempo, Miaja nombró jefe de su Estado Mayor al teniente coronel Vicente Rojo, que pasó la noche en blanco, intentando averi­guar con cuántas fuerzas contaban, dónde estaban situadas y dónde debían situarse (ROJO, V., 2006, 22-27).
Una de las principales preocupaciones del general Miaja fue la fortificación de la capital, tarea en la que ya se encontraban trabajando miles de voluntarios impulsados por el PCE. Tras la constitución de la Junta de Defensa tal tarea pasaría a ser dirigida por una Comisión de Fortificaciones, dependiente de la consejería de Milicias, al mando del coronel de Ingenieros Tomás Ardid Rey, auxiliado por el ingeniero industrial Fe­derico Molero. “Toda la línea del frente acabaría siendo, más que una línea, una zona, una faja de anchura varia, donde trincheras, nidos, refugios y ca­minos dibujaban en el suelo madrileño casi un verdadero laberin­to” (MARTÍNEZ, J. M., 1984, 34). De­ntro de la ciudad se alzaría otra línea o segundo cinturón, para que, en el caso de quedar roto el primero, se encontrase el invasor con una segunda obra, infranqueable dentro del dédalo de calles y edificios. Las fortificaciones comen­zaban en la barriada de Peña Grande, pasando luego al Asilo de La paloma, Dehesa de la Villa, canalillo o “acueducto” de Amaniel, y Estadio Metropolita­no. Luego la protección continuaba hacia el sur. Tras frenar el primer ataque las obras defensivas continuaron, multiplicándose las líneas protectoras: en enero de 1937 algunos sectores llegaron a contar con una “quinta línea”. [2]
Desde muy pronto se instaló en La Paloma una doble batería que podía inter­cambiar fuego con la situada por los rebeldes en el Cerro de Garabitas. Conta­ban con una línea de tren dedicada a su aprovisionamiento y un parapeto. Se colocaron además una batería en la cima del Cerro de los Locos, otra de arti­llería o mortero en el promontorio de la Curva de la Muerte y una más al final del Paseo del Canalillo, sobre una pequeña elevación del terreno.
El día siete, las tropas franquistas avanzaron decididamente por Carabanchel y Campamento, pero esta vez los milicianos no salieron huyendo; continuaron cavando sus trincheras y construyendo barricadas en las calles de las zonas amenazadas. Tampoco los intentos de penetración por la Casa de Campo tu­vieron éxito, logrando aguantar las milicias, al mando de Galán, Barceló y Es­cobar, la primera embestida. Una inesperada reacción se había producido en­tre los madrileños.
A las 7 de la tarde Miaja presidió la constitución de la Junta de Defensa de Madrid, cuyos vocales pertenecían a todos los partidos y sindicatos. Durante los once primeros días, la Junta se reunió a diario. Aquel mismo día, el hallaz­go fortuito en un tanque enemigo del plan de ataque de los asaltantes permitió reorganizar todo el dispositivo de defensa, que formaba un arco desde Valle­cas, por todo el Sur y Oeste, hasta el Puente de los Franceses. En la mediano­che, Rojo preparaba también su orden. El teniente coronel Barceló debía ata­car con su columna de flanco desde las Rozas a la Casa de Campo y, Líster, por Villaverde. Las otras fuerzas debían mantener tenazmente sus posiciones.

Junta de Defensa de Madrid

Al amanecer del día 8, las fuerza del general Varela y Yagüe se lanzaron al ataque: la columna de Asensio por la Casa de Campo, así como la de Caste­jón y la de Delgado Serrano, mientras que Tella y Barrón presionaban, como movimiento de diversión, en dirección a los puentes de Toledo y Segovia. Las fuerzas mandadas por Galán y Barceló contraatacaban desde Húmera a la Casa de Campo; los asaltantes avanzaban con demasiada lentitud hacia el lago de la Casa de Campo, mientras que en la carretera de Extremadura eran detenidos por las fuerzas de Escobar. El bombardeo aéreo de la capital conti­nuaba sin cesar, pero los objetivos de Varela habían fracasado: lo único que consiguieron sus columnas fue penetrar débilmente en la Casa de Campo.

Ante la desesperada situación, aquel mismo día Rojo pidió a Pozas las Briga­das Internacionales porque carecía de tropas de choque. “La cuestión se re­trasó porque dependía de Largo Caballero. Cuando finalmente llegó la orden, aunque miles de voluntarios se preparaban en la base de Albacete, sólo esta­ban organizados los batallones Edgar André, Commune de París y Dombrow­ki”. Con ellos se formó la XI Brigada Internacional, al mando de Lazar Stern "General Kleber", con el comisario De Vittorio <Nicoletti>, que partió en tren hacia Madrid. Llegaron el 10 por la mañana, desfilaron por la Gran Vía y mar­charon inmediatamente a las trincheras de primera línea. “No sumaban ni 2.000 hombres, sin embargo produjeron en los madrileños la sensación de que no luchaban solos y ofrecieron el ejemplo de una fuerza de izquierdas bien organizada militarmente”. Este día, las columnas de Galán y Enciso, más los batallones internacionales contraatacaban en la Casa de Campo, y Líster en Villaverde.

Rojo pidió fuerzas internacionales y la XII partió de Albacete, al mando de Ma­tei Zalka "General Luckacs", con Luigi Longo "Luigi Gallo" como comisario. “Sólo tenía organizado el batallón Garibaldi y 7 compañías sueltas, menos de  2.000 hombres, luego se organizarán los batallones Franco-Belga y Thael­mann, alemán. Rojo ordenó atacar el flanco izquierdo enemigo, en Perales de Tajuña”.

 


Desde el día 10, la batalla se centró varios días en la posesión del cerro Gara­bitas, una loma que dominaba la llanura y era un observatorio y posición artille­ra privilegiados. Tras sangrientos combates fue conquistado por los regulares. “Progresivamente entraron en línea las columnas republicanas de Sabio, Arellano, Martínez de Aragón, Cipriano Mera, Perea y Cavada, mientras el coman­dante Zamarro coordinaba la artillería”.

Con el objetivo de desmoralizar a la población, a partir del día 11 Franco con­tuvo los ataques e insistió en los bombardeos aéreos. La artillería se instaló en Garabitas, uniéndose a la acción demoledora, “con la orden expresa de no bombardear el barrio de Salamanca, cuya población se suponía de dere­chas” (CARDONA, G., 2006, 98-99).

Con la llegada de las Brigadas In­ternacionales, González Bastante fue enviado como responsable de un destacamento al Colegio de Huérfanos Ferroviarios, con la mi­sión de instalar al Batallón Franco-Belga en el frente de la Moncloa y la Ciudad Universitaria. En el des­pacho del que había sido director del colegio instaló el Estado Mayor del Bata­llón, aconsejando al coronel Dumont sobre el lugar más idóneo para emplazar las piezas de artillería. Una de ellas detrás de lo que había sido la enfermería del colegio.

Otra de sus tareas fue enseñar a los “dinamiteros” la red de túneles y alcantari­llas existentes en la zona, entre otros al capitán Flores quien se apoyaría en aquella red para las voladuras que llevaría a cabo en el Hospital Clínico, en poder de los franquistas. El conocimiento que González Basante tenía del sub-suelo venía de años atrás, de sus juegos infantiles: “una pandilla se metía por la Casa Gorriz y la otra se metía por una boca que se llamaba Cantarranas”.

El 13 de noviembre llegó a Madrid la columna Durruti, con 3.000 anarcosindi­calistas procedentes del frente de Aragón.[3] Serán precisamente en el Colegio de Huérfanos Ferroviarios donde González Bastante conoció al líder anarquis­ta, cuyas fuerzas se encontraban instaladas cerca de aquel lugar. González le llevó a la terraza del Colegio, aprovechando Durruti las vistas para reconocer con sus prismáticos todo el sector de la Universitaria, donde encontraría la muerte el 19 de noviembre de 1936.

 

Dada su cercanía al frente, pronto empezaron a llegar al Colegio los primeros heridos. Consciente de la situación, González Basante puso a disposición de la sanidad militar la clínica del colegio a fin de que los heridos pudieran ser atendidos. Lo mismo hizo con los colchones, entregándoles a la intendencia para que fuesen utilizados por quienes más los necesitasen. Al acabar la gue­rra los franquistas “le pasarían cuentas”, haciéndole responsable de la desapa­rición de los colchones y del instrumental médico, así como de los destrozos que la artillería franquista había cometido en el edificio.

El 15 de noviembre los sublevados se lanzaron a una nueva ofensiva, utilizan­do tropas frescas sacadas del frente del Guadarrama. Concentraron su fuerza en la Casa de Campo con el propósito de forzar el Manzanares y ocupar el barrio de Argüelles. El ataque fue rechazado tres veces consecutivas por las fuerzas populares, mientras otras unidades leales contraatacaban en dirección al Cerro Garabitas y al Hipódromo de la Casa de Campo. Al finalizar la jorna­da, los Regulares, apoyadas por 20 carros de combate y 12 bombarderos, ata­caron en la zona del puente de los Franceses. Los republicanos lograron con­tenerlos; sin embargo, una unidad marroquí pasó a la otra orilla por fuera del puente y atacó donde estaba la columna Durruti, que retrocedió.

Al anochecer la columna anarquista y los internacionales atacaron varios edifi­cios en la Ciudad Universitaria. “Ésta se encontraba repartida entre los dos bandos, que luchaban disputándose los edificios”. Coordinadas por el coronel Alzugaray, algunas columnas republicanas estaban mandadas por militares profesionales y otras por mandos de milicias.

El 17 de noviembre, la infantería rebelde fracasó en un asalto decisivo apoyán­dose en la pequeña posición lograda en la Casa de Campo, al otro lado del Manzanares; en la Ciudad Universitaria no lograron sobrepasar el Hospital Clínico. Al día siguiente, entró en fuego la XII Brigada Internacional, quedando las dos brigadas del frente de Madrid a las órdenes de Kleber, haciéndose car­go de la XI Brigada Hans Kahle. El asalto a Madrid se convertía en una batalla de desgaste.

 

El 23 de noviembre, Franco ordenó suspender los asaltos. Al día siguiente, los republicanos atacaron en Pinto sin que sus enemigos contraatacaran. Por pri­mera vez, desde que salieron de Sevilla, las tropas de África habían fallado ante un objetivo. Incluso su posición en la Casa de Campo era muy difícil. Cuando intentaron una rectificación del frente, el fuego republicano les obligó a regresar a sus trincheras.

El 29 de noviembre, los nacionales intentaron una segunda fase de ataques que perduró hasta los primeros días de diciembre. Fue un forcejeo muy san­griento, donde quedaron atascados ante el fuego que recibían de las fortifica­ciones y las ventanas de los edificios. Los soldados de Marruecos, acostum­brados a combatir en campo abierto, perdían su ventaja ante las fortificacio­nes.

Fracasado el ataque frontal a Madrid, la estrategia militar de Franco se centró en el intento de rendirla, aislándola del resto del territorio republicano. Y ello dio lugar a grandes batallas de envolvimiento que alcanzaron hasta el mes de marzo de 1937. La primera se produjo en torno a Boadilla, Villanueva de la Cañada, Villaviciosa de Odón, con el objetivo de cortar la carretera general de La Coruña. El 6 de enero de 1937 los atacantes consiguieron ese objetivo a unos trece kilómetros de Madrid, cayendo Pozuelo y Húmera y después Arava­ca. La batalla acabó con un desgaste terrible de ambos contendientes, con miles de bajas. La carretera quedó cortada pero las comunicaciones con la sierra quedaban aseguradas por muchas rutas secundarias.

La segunda fue la llamada batalla del Jarama que puede considerarse como la primera gran batalla moderna de la guerra y la más internacional por el número e índole de los combatientes, la presencia de extranjeros y la cantidad y mo­dernidad del armamento, incluida la aviación. El objetivo ahora de las fuerzas sublevadas atacantes fue el corte de las comunicaciones de Madrid con Valen­cia. La batalla comenzó el 4 de febrero y aunque los sublevados consiguieron cruzar el Jarama no alcanzaron lo que era su objetivo final.

 

El tercer intento fue el que adquirió más renombre de los tres debido a la de­rrota sufrida por las fuerzas italianas que ayudaban a Franco: el Corpo di Trup­pe Volotarie (CTV). El 8 de marzo de 1937, las fuerzas italianas –unos 60.000 hombres- al mando del general Roatta se lanzaron sobre las posiciones repu­blicanas al norte de Guadalajara, con el propósito de romper el frente y llegar hasta Madrid. Las fuerzas gubernamentales, con las XI y XII Brigadas Interna­cionales y buen apoyo de la aviación y de carros, reaccionó haciéndoles frente entre Brihuega y Torija. Los días 13 y 14 los italianos se entregaban en masa, y en los días posteriores muchos huyeron abandonando armas y pertrechos. El 21 terminaba la batalla de Guadalajara y con ella los combates que tenían como objetivo inmediato la ocupación o el cerco de la capital.

A partir de abril el centro de gravedad de la contienda, hasta ese momento establecido en torno a Madrid, se desplazó al Norte, escenario principal de la guerra civil durante este mes. Para evitar que Mola pudiera actuar con tranquilidad en el frente Norte, Miaja y Rojo decidieron atacar el cerro Garabitas y el cerro del Águila, en la Casa de Campos. Con esta maniobra se pretendía aislar la cuña enemiga establecida dentro de la Ciudad Universitaria y terminar con el bombardeo artillero al que se veía sometida la capital desde Garabitas.

En la noche del 8 al 9 de abril, las tropas republicanas, al mando de Líster, Galán y Martínez de Aragón comenzaban el asalto a las posiciones franquistas en la Casa de Campo, abriéndose paso a partir del sector del Lago y de las posiciones de Puerta de Hierro. Los soldados republicanos lograron llegar hasta veinticinco o treinta metros de la cima, regresando a las posiciones de partida, el día 13, al comprender que era imposible progresar más. 
BIBLIOGRAFÍA

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JUAN BORROY, Víctor M.: “María Sánchez Arbós. Una maestra aragonesa en la edad de oro de la pedagogía”. En Rolde. Revista de Cultura Aragonesa, Nº 89, octubre-noviembre 1999, pp. 12-21
MARTÍNEZ BANDE, José Manuel: La lucha en torno a Madrid. Madrid, Servi­cio Histórico Militar, Editorial San Martín, 1984.
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VÁZQUEZ, Matilde y VALERO, Javier: La guerra civil en Madrid. Madrid, TEBAS, 1978
ZUGAZAGOITIA, Julián: Guerra y vicisitudes de los españoles. Barcelona, Tusquets Editores, 2001.








[1] El mensaje dirigido al general Miaja decía:
El Gobierno ha resuelto, para poder continuar cumpliendo su primordial cometido de defensa de la causa republicana, trasladarse fuera de Madrid, y encarga a vuecencia de la defensa de la capital a toda costa. A fin de que le auxilien en tan trascendental cometido, aparte de los organismos administrativos, que continuarán actuando como hasta ahora, se constituye en Madrid una Junta de Defensa de Madrid, con representaciones de todos los partidos políticos que forman parte del Gobierno, en la misma proporción que en éste tienen dichos partidos; Junta cuya presidencia ostenta vuecencia.
Esta Junta tendrá facultades delegadas del Gobierno para la coordinación de todos los medios necesarios para la defensa de Madrid, que deberá ser llevada al límite, y en caso de que, a pesar de todos los esfuerzos, haya de abandonarse la capital, ese organismo quedará encargado de salvar todo el material y elementos de guerra, así como todo cuanto considere de primordial interés para el enemigo. En tal caso, las fuerzas deberán replegarse en dirección a Cuenca, para establecer una línea defensiva en el lugar que le indique el general jefe del Ejército del Centro, con el cual estará siempre vuecencia en contacto y coordinación para los movimientos militares, y del que recibirá órdenes para la defensa y el material de guerra y abastecimiento que se le puede enviar.
El cuartel general y la Junta de Defensa de Madrid se establecerá en el Ministerio de la Guerra, actuando como Estado Mayor de este organismo el del ministro de la Guerra, excepto aquellos elementos que el Gobierno juzgue indispensables llevarse consigo.” VÁZQUEZ, Matilde y valero, Javier: La guerra civil en Madrid. Madrid, TEBAS, 1978, pág. 201
[2] El Coronel de Artillería, José Manuel Martínez Bande, en su libro La lucha en torno a Madrid incluye un documento elaborado por la Comisión de Fortificaciones de la Comisaría de Guerra de la Junta de Defensa de Madrid titulado Las fortificaciones de Madrid el 22 de noviembre de 1936 del que reproducimos la parte correspondiente a la Dehesa de la Villa:
“Descripción general de la obra de fortificación en el frente Oeste de Madrid el día veintidós de noviembre de 1936.
                Se va describir el frente Oeste de Madrid en su línea defensiva, es decir, en la formada en la margen izquierda del río Manzanares y sus puntos de apoyo y defensas especiales de puntos singulares.
                Se inicia en un sistema de trincheras en la parte de Peña Grande, batiendo la cañada por donde va la línea de tranvía: estas trincheras se completarán con un aspillerado de muro de cerramiento del Asilo, con sus puestos avanzados correspondientes. El bosque alto de la Dehesa de la Villa se ha alambrado, estableciendo en su interior pequeñas trincheras, que baten los posibles accesos a esta alambrada periférica. Las dos cañadas cortafuegos a izquierda y derecha de la carretera que baja de Puerta de Hierro se han cortado con defensas antitanques completas, incluso trincheras flanqueándolas. Esta alambrada se va a unir con el canalillo, que se ha reforzado poniéndole alguna trinchera avanzada en los puntos en que el mismo no puede utilizarse como tal. El canalillo tiene alambrada propia en sus dos márgenes. Se enlaza con una trinchera con refugios y caminos de evacuación y municionamiento que contornea la meseta en que está construido el Colegio de Huérfanos de los Ferroviarios. Esta trinchera tiene como defensa previa las dos alambradas que limitan el canalillo y éste. La meseta en que está la Quinta de los Pinos también está atrincherada y los dos flancos de la vaguada que conduce al acueducto de Amaniel, del Canal de Lozoya. El edificio muy importante, cuyo nombre se desconoce, que está ante esta meseta de la Quinta de los Pinos se ha unido con una trinchera hasta enfrente del cerramiento del Estadio Metropolitano; todos los cerramientos de las fincas a retaguardia de esta trinchera se han aspillerado y completado con trozos de trinchera. Todas las calles a retaguardia de esta zona están cerradas con parapetos [...]”. Martínez, J. M.: La lucha..., 1984, pp. 259-260
[3] Fueron destinados a la zona del Puente de los franceses, entre la Ciudad Universitaria y la Casa de Campo.